2 feb. 2017

Un vestido sin planchar

Incomodidad.

Incomodidad es que me pregunten porqué me cuesta abrirme a los sentimientos, porqué razón es que soy tan "reservada".

Incomodidad es que me pregunten si me han roto el corazón, disfrazado de un "si me han defraudado".

Cuando me hizo esta pregunta me quedé pensando en silencio y automáticamente mi mirada se dispersó. Quizás mucho silencio para una persona que no me conoce, pero poco silencio para una pregunta tan importante para mí.

 "¿Te defraudaron? ¿te lastimaron? ¿te traicionaron?" disparó como si estuviera jugando a las adivinanzas. Cuántas preguntas. Responder era abrir la tapa de un pozo ciego del cual -más que miedo de abrirlo- siento vértigo.

Nunca me llevé bien con ese tipo de diálogos, no importa el género del interlocutor. No encuentro desahogo en tratar de explicarme, el único remanso que existe para mí es pensar en soledad y codificar como en trance todos esos sentimientos en un texto con la vaga esperanza que todas las personas que pasaron por mi vida y tuvieron dudas irresueltas, encuentren la respuesta que buscaban aquí.


La mejor salida que encontré a ese laberinto al que me sometieron con una inocente pregunta (las palabras nunca son inocentes) fue responder que uno no puede sentirse defraudado por haber puesto expectativas en los demás. ¿Dije la verdad? si lo hice, pero omití otra gran verdad.



Quizás la parte más importante... 
 lo que duele haber puesto no sólo expectativas en la otra persona si no una parte de uno mismo en el otro. 

Cuando esas personas ya no están, se lleva una parte de uno. Y es un volver a empezar ajustándose a las reglas nuevamente y empezando a entender otra vez cómo se juega este juego de la "vida".



Pero todo que pensé mientras miraba por la ventana y ensayaba una respuesta reflejo, 
era demasiado para contestarle a una persona que no conozco.

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Las palabras nunca son inocentes