23 jul. 2011

Decisiones

- "¿Qué estás haciendo acá?"
- "Fui a tu oficina y no te vi, entonces vi a tu jefe y me largué antes que me pida analizar otras muestras"
Me estaba esperando a mí, y aún sabiéndolo me sentí insegura y estuve a un paso de preguntárselo.
 ¿Qué más iba a estar haciendo apoyado contra esa baranda y de cara al sol cuando su lugar de trabajo no queda precisamente ahí? 
Claro, yo sabía porqué estaba ahí pero lo que no entendía era cómo. Cómo él, podía estar buscándome a mí. Me pareció demasiado bueno. Y por supuesto no me animé a preguntarle lo que realmente quería preguntar: "¿Por qué me buscás? No me digas que es para explicarme los programas que me instalaste porque yo se que vos sabés que ya los se usar...  pero me hago la tonta". 

A cambio le dije una estupidez como que estaba segura que en mi otra vida había sido una ameba y con su sonora risa logré calmar el dolor en la panza de verlo parado ahí, esperándome a mí.

- "Es bueno estar al sol, el sol te da vitaminas" dije buscando un tema de conversación.
Se río y dijo -"No, el sol no te da "vitaminas" lo que hace es acelerar el proceso..." y no lo escuché, porque me quedé mirándolo fijo a los ojos.
- "¿A quién sacaste esas pestañas?" le pregunté omitiendo su explicación científico comprobable.
- "No se", me dijo algo tímido
- "Son larguísimas, no me había dado cuenta antes" dije, ocultándole lo que realmente estaba pensando:
al sol era mucho más hermoso que lo que mis ojos habían dado cuenta.
- "¿Vas a almorzar?" me preguntó y me hizo señal que lo siguiera. Me invitó a almorzar por ahí, el predio que circunda nuestro lugar de trabajo es tranquilo y tiene mucho verde. Por lo que me olvidé oficialmente que estaba trabajando y me olvidé oficialmente, que tenía hambre. Todo un logro de su parte.

No quiso compartir mi almuerzo, sólo se quedó parado frente a mí y me dijo que comiera tranquila. Me habló que no  le gustan las películas argentinas (tampoco a mí) y discutiendo sobre los argumentos en los que se basan los films argentinos me preguntó si había leído a José Ingenieros y su "Hombre mediocre". Tuve que admitir con sinceridad que no. - "Te sentís bastante idiota después de leerlo, pero es un buen libro" agregó.
- "¿Desde qué edad lees?" le pregunté curiosa.
- "¿Libros de adultos o libros en sí?"
- "Lo primero"
- "Desde los 7, aprendí a leer a los 5, mi papá me enseñó"

Cuando hube terminado de comer, me paré. No soporto tener tanta distancia física entre ambos, aunque esa distancia sea frecuentemente menos de medio metro. Ya no hablábamos de las películas argentinas que valen la pena rescatar del fuego, sino del concepto de "fidelidad" que se le adjudica a los hipocampos.
Con los dedos índices en alto le hice visualmente el movimiento que hacen los "caballitos de mar" -como los llamó él- cuando uno de ellos muere. Le causó gracia y me dijo que nunca había visto eso que yo estaba graficando, tuve que admitir que lo había inventado en el momento.  

- "¿Por que le tenés miedo a una relación? vos sos como yo, nunca nos quedamos a mitad de camino con la duda surcando la frente". 

No dijo nada, se quedó callado mientras intentaba sobreponerse a mi giro radical de la conversación.

Y seguí, sin pensarlo. "Todos los días tomamos decisiones, qué comemos, qué vestimos, qué camino tomar para llegar a X lugar, todo es una decisión en sí"

- "Decidir comer tarta, no es lo mismo, o no tiene -mejor dicho-  el mismo resultado que iniciar una relación" dijo él llamándome por mi apellido.
- "Bueno no, es verdad. Pero es una decisión que tomas contra todas las que podrías haber tomado. Si vas a un boliche y encarás a una mina que te gusta, también corrés un riesgo"
- "No, no es lo mismo, eso es pasajero  en cambio..."
- "Corrés un riesgo, corrés el riesgo de enamorarte de esa persona que suponías pasajera"
Me miró sin responder y en un arranque de honestidad brutal, esos que me brotan de la nada le dije señalándome los hombros:
-"Vos estás con el agua hasta acá, la pregunta es: ¿vas a seguir adelante, vas a nadar o te vas ahogar? ¿vas a retroceder?, no te veo echándote hacia atrás".
- "NO" dijo convencido, y respiré aliviada.
- "Vos sos como yo, me decís que vos no proyectás de acá a 10 años ¡y sí lo hacés!"
- "La diferencia es que vos sos positiva y yo negativo".
- "Bueno entiendo tu miedo a iniciar una relación, se asemeja a mi miedo al matrimonio" dije confiada pero su cara se transformó. No debería haber dicho eso.

Me miró directo a los ojos y lleno de energía me interpeló,

- "¿O sea que vos inicias una relación y después te echas hacia atrás? ¿para qué querés una relación entonces, para dar dos pasos y en el momento importante, irte corriendo?"
- "No, bueno pero para casarte tenés que pensarlo mucho, no es lo mismo". 
- "¿Qué tenés que evaluar después de pasar años juntos? no lo entiendo, ¿no se supone que te ponés en una relación con esas cosas previstas ya?".

Se hizo el silencio.

Maldita sea. El no estaba pensando lo que yo creía que pensaba. Yo no me estaba adelantando a nada. Él no temía lo que yo suponía. Ni siquiera pensaba en lo que yo consideraba una tontería.
El no analizaba si quería o no intentar conocerme, para él eso ya estaba decidido.
Él sopesa algo más comprometido que liberarse y conocer de lleno a una chica con la que comparte los mismos gustos y muy buenas charlas y demás, él estaba ya pensando en los pasos que le siguen a esa determinación.
Él decide no sobre un futuro cercano, el decide ya sobre un....

 SI para siempre. 

Y la que se quedó callada esta vez, fui yo... intentando sobreponerme al repentino giro de la situación.