25 jun. 2011

Vos dijiste que...

Dar explicaciones a los padres primero, a posterior a nuestros profesores y al párroco. Luego fue (y es y será) explicarnos ante nuestro jefes, y más luego para los que dieron el paso valiente, al cónyuge.

Pero hay un nuevo eslabón en esa cadena de justificaciones: explicarse frente a una amiga.

- "Siempre entendí que eras de tal forma y que pensabas de tal otra".
- "Si"
- "Ahora con lo que estás haciendo me estás demostrando lo contrario".
- "No tenés que entenderme 100 % todo el tiempo"
- "No podés estar haciendo lo que estás haciendo".
- ¿Por qué no? eso habla más de vos que de mí.
- "No digo que esté mal, sólo que me parece que no te va a hacer bien a la larga".
- "Estoy en mi mejor momento".
- "La verdad, no creo que te haga tan feliz"
- "Dejá de preocuparte al pedo"
- "Esta faceta tuya no la conocía, me siento incómoda"
- "Entonces no me preguntes"
- "Es que me sorprenden estas decisiones tan raudas"
- "¿Dónde está lo malo? es decir desde tu romanticismo blanco lo entiendo, pero en el plano real, no".
- "Tengo miedo que se te vuelva en contra"
- "Más de lo que me lastimaron no es humanamente posible, así que quedate tranquila" 
- "Sos una caja de sorpresas".
- "No estoy segura si eso es bueno para vos o no, pero está bien".


En realidad cuando hablamos en confianza, ¿lo hacemos para comunicarnos o para agradar a nuestros amigos? ¿qué pasa cuando apoyamos desde siempre las mismas ideas y un día repentinamente cambiamos de parecer por puro gusto? ¿tenemos que sacar una solicitada en el diario, presentar balances de pros y contras, convocar a una Comité Evaluativo, o con un simple: "es mi mejor momento" despejamos dudas y enterramos el tema?

Aún cuando nos importe un rábano lo que piense el resto en nuestra vida cotidiana: ¿Podemos sentirnos cómodos con nosotros mismos incomodando a nuestros amigos más íntimos? 

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Las palabras nunca son inocentes